Dejar fluir.

 

El agua se precipita hacia la Tierra desde el cielo y, ya en la tierra, se precipita hacia las partes más bajas, corriendo por los arroyuelos, hacia los ríos, hacia los lagos, hacia el mar y, en el mar, hacia los abismos profundos. Todo tiene un cauce, todo sigue su cauce, nada puede impedirlo, todo es un ciclo.
El frío se precipita hacia la Tierra desde el cielo y, ya en la Tierra, corre hacia las partes más profundas, deslizándose entre los montes, entre los árboles, entre las cuevas, entre las rendijas, entre las ropas, entre las carnes, entre los huesos. Todo tiene un cauce, todo sigue su cauce, nada puede impedirlo, todo es un ciclo.
El calor se precipita hacia la Tierra desde el cielo y ya en la Tierra corre a darse la mano con el de la Tierra, y, al calor de esa fusión, se escapan por los poros de la Tierra hebras en hierbas y trémulos brotes tiernos anuncian la partida del invierno y la llegada de la primavera. Todo tiene un cauce, todo sigue su cauce, nada puede impedirlo, todo es un ciclo.
La vida se precipita hacia la Tierra desde el cielo y, ya en la Tierra, nos precipitamos en todas las direcciones, naciendo, gateando, corriendo, brincando, jugando, riendo, llorando, exclamando, lamentando, gimiendo, exhalando y… partiendo. Todo tiene un cauce, todo sigue su cauce, nada puede impedirlo, todo es un ciclo.
Así es el día, así es la noche, así es el invierno, así es la primavera, así es la soledad, así es la compañía, así es la vida, así es la muerte. Todo tiene un cauce, todo sigue su cauce, nada puede impedirlo, todo es un ciclo.
¿Qué pasaría si un hombre intentara detener la llegada del día o intentara detener la llegada de la primavera o quisiera detener el avance de nuestro sistema solar o de la galaxia? Esto suena absurdo, inconcebible e inimaginable, ya que estaría tratando de frenar la maquinaria infinita del universo. Pero, ¿qué sucede cuando no aceptamos un suceso porque no nos agrada?… Es exactamente lo mismo; estamos tratando de parar los engranajes universales, metiendo la mano entre ellos para frenarlos y lo único que logramos es lastimarnos. Todo tiene un cauce, todo sigue su cauce, nada puede impedirlo, todo es un ciclo.
Permito que todos los elementos vayan donde tienen que ir, para marchar acorde con la vida. Lo que dejo ir, si es mío, regresa a mí, multiplicado y lleno de armonía. Permito que se vaya lo que se tiene que ir y que venga lo que tiene que venir. Dios sabe lo que me hace falta y lo que no. él tiene preparado para mí lo que necesito, únicamente que he puesto cosas que obstaculizan su llegada; por ello él las quita. Confío en su sabiduría, él no se equivoca. Me desprendo de lo que no es mío; el aferrarme a ello sólo retarda lo que Dios quiere entregarme. En el momento en que me he desprendido de lo que se tiene que ir de mí, Dios ve mi carencia y la llena con lo que necesito. El espacio que ha dejado la ausencia Dios lo llena con su amor. Permito que las energías fluyan como fluye la naturaleza. Todo tiene un cauce, todo sigue su cauce, nada puede impedirlo, todo es un ciclo.
He decidido dejar de resistir la vida misma. Me permito fluir por la vida, como fluye el agua, como fluye el frío, como fluye el calor, como fluye la Tierra, como fluyen las estaciones, como fluye la soledad… y la compañía o como fluye la vida… y la muerte. Porque: Todo tiene un cauce, todo sigue su cauce, nada puede impedirlo, todo es un ciclo.
Por: José López Guido

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